
THE UNFIXED, la primera exposición individual del artista Darian Mederos en Barcelona. El artista desplaza su mirada hacia la forma desfigurada del recuerdo.
La muestra reúne obras realizadas a lo largo de dos años de investigación, en los que Mederos se interesa por lo que permanece de una experiencia cuando se convierte en recuerdo: los detalles que persisten, las ausencias y las imágenes que se transforman con el tiempo.
La trayectoria de Darian Mederos articula una investigación continua sobre la distancia entre lo que vemos, lo que recordamos y aquello que finalmente somos capaces de representar. Desde los primeros retratos hiperrealistas hasta las pinturas más recientes, la figura humana ha sido el territorio donde Mederos examina la identidad, el tiempo, la vulnerabilidad y la percepción.
Cada cambio formal ha surgido de una necesidad interna. Un lenguaje permanece mientras todavía puede formular una pregunta verdadera; comienza a desaparecer cuando ofrece respuestas demasiado conocidas o cuando el dominio técnico amenaza con sustituir la experiencia.
La pintura es para él una forma de pensamiento. No parte de una teoría que luego deba ilustrarse, sino de una imagen que se transforma mientras es construida. El proceso permite que una intuición se vuelva visible, que un accidente modifique el rumbo de la obra y que aquello que no podía formularse con palabras encuentre una organización material. Pintar significa observar, decidir, borrar, cubrir y volver a comenzar.
La precisión adquirida durante sus años de formación nunca ha sido un destino. Es una estructura que le permite llevar la imagen hasta el límite de lo reconocible y decidir después qué debe conservarse, qué debe interrumpirse y qué puede desaparecer. La libertad de la obra reciente no niega la tradición ni el aprendizaje académico: nace de haberlos atravesado y de comprender que el conocimiento también debe ser puesto en duda.
En el centro de su práctica se encuentra la convicción de que una imagen nunca pertenece por completo a quien la crea. La historia personal del espectador interviene en aquello que reconoce, rechaza o completa. La pintura abre así un espacio compartido entre la experiencia del artista, la presencia material del cuadro y la memoria de quien lo contempla.
Su evolución nace de esa relación entre dominio e incertidumbre. Cada etapa conserva algo de la anterior, pero desplaza el problema hacia un territorio más complejo: del rostro y la apariencia a la barrera de la percepción; de la barrera al cuerpo; y del cuerpo a la forma inestable en que una experiencia permanece dentro de nosotros.


SILVIA LEVENSON
BUENOS AIRES, 1957




